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No hay fidelidad sin memoria

No hay fidelidad sin memoria

Por: Christian Aramayo

 

Imagine que la vida se acabara a los 32 años, que si tiene un resfrío o una fiebre, lo más probable es que muera porque no hay remedio disponible. Sin saber cómo hacerlo, deberá producir su alimento por su cuenta y la mayor parte del mismo deberá ser entregado a un grupo de señores que aducen tener derechos divinos sobre usted y sus posesiones (sí, no hay propiedad privada), incluso hay quienes -cual si fueran un animal o una cosa- le pertenecen a ese grupo de señores. ¡Ah! Casi lo olvido, no se atreva a cuestionar el mandato del soberano, que usted quedará preso o muerto por tal atrevimiento, incluso si sus ideas son ciertas y evidentes. Si usted quiere algo, deberá luchar y pelear físicamente para obtenerlo y si desea conocer cualquier cosa por escrito, le cuento que usted ni siquiera sabe leer ya que la educación es solo para aquellos que están alrededor del monarca.

 

Vida difícil, ¿no ve?

 

Así, en resumidas cuentas -y con las limitaciones que obliga el formato-, fue la vida del ser humano desde sus inicios hace más de 8000 años. En estos 8 milenios que van transcurriendo, es recién a partir de los últimos 2 siglos en que los procesos de desarrollo se aceleran, mucho más aún en las últimas 5 décadas. En este sentido la pobreza, en alrededor de 7800 años de historia, ha sido el estado natural del ser humano y la descripción mencionada en el primer párrafo ha sido la única opción de vida de nuestros antepasados.

 

Muchos siglos más tarde, en el siglo XVII y XVIII, tuvimos que pasar por las monarquías absolutistas para reconocer que el Estado (esa forma de organización que nos inventamos), con todo su poder, tiene que estar dividido en poderes constitutivos; limitado para evitar abusos y descentralizado para disminuir los costes de información y que el individuo tome decisiones reales desde su localidad.

 

En el siglo XX se revaloriza la democracia como la mejor -y jamás perfecta- forma de gobierno que se resume en la lapidaria afirmación de Sen: No hay hambre donde hay Democracia. Lamentablemente, el coste de aprender estas lecciones básicas han costado la vida de millones de personas que murieron a manos de los experimentos sociales del comunismo y por parte de quienes levantaron las banderas del socialismo.

 

Los desafíos políticos e institucionales a los que los bolivianos tenemos que hacer frente este 2018 -gracias al Movimiento al Socialismo- nos obligan a revisar esas viejas enseñanzas del Estado de Derecho, los peligros del absolutismo y sus trágicas consecuencias sobre el progreso: hay muertos de hambre en la Bolivia del siglo XXI. Lo inspirador es ver tanta gente joven organizada y comprometida con el progreso del país, lo triste es evidenciar las señales absolutistas y el lenguaje de guerra de los gobernantes para aferrarse en el poder y lo gracioso sin lugar a dudas es que en medio de todo, un expresidente y reconocido historiador critica el sistema de salud con el único sistema que logró sacarnos de este estado natural y nos dio a todos en todo el mundo, sin excepción, la oportunidad de ser más libres.

 

A todo esto, cabría preguntarse con honestidad, ¿cómo serle fiel a la idea de progreso si ignoramos la manera de cómo alcanzarlo? 

 

Nota: La descripción del primer párrafo fue en base a datos estadísticos oficiales a nivel mundial.

 

*La opinión del autor no constituye una posición oficial de la Fundación Nueva Democracia

Modificado por última vez en Miércoles, 03 Enero 2018 01:23